miércoles 18 de noviembre de 2009

Paix


Lala hizo un avioncito de papel con destino a demasiado lejos y buscó a la viajera perfecta:
Alguien con el corazón relleno de amor y uñas de color raro ocasionalmente.
Quiso que tuviera cara de ratón pero cuerpo de gata. Quiso que se riera desde primera hora de la mañana y la diese besos con la nariz fría. De repente Lala, giró la cabeza y allí estaba desde hacía tiempo: Paix. Con su pelo negro, tenía algo que la volvía cálida como el mejor de los abrazos y una sonrisa embaucadora que te hacía olvidar que hay demasiadas veces por las que echarse atrás.
Y Lala lo tuvo muy claro, Paix era aquella tripulante por un tiempo intemporal, Lala la regalaba su avioncito de papel para que se fuera allá donde el corazón la llevase.



[No queda nada para que ya no necesites avioncito, pero yo, te lo regalo igual...=)]

sábado 7 de noviembre de 2009

Tu primera puñalada.

Caperucita dejó caer todo. Su capa. Su katana. Su último aliento. Se apartó el pelo ensangrentado de la cara. Empujó a todos aquellos que la rodeaban. Hizo un surco sólo para que su estela flotara. Segundos y a parte.
Quedó frente a él. Su pecho se hundía y volvía a tomar posición. Estaba agitada. Gritó. Inconscientemente, se echo hacía delante. Gritó más fuerte. El silencio la rodeó.
Saltó sobre él. Le besó. Le arrancó la camiseta. Sus pies se enredaron por las piernas de él.
La guerra había parado.
Se apartó. Sus ojos se clavaron en aquellos que inyectados en ira por haberla perdido habían combatido. Le abrazó. Sus últimas fuerzas se prendaron entre sus brazos. Le volvió a abrazar. Lloraba como una niña. Como aquella pequeña niña rubia. Su vida cruzaba rápida. Segundos finales.
Se apartó. Su dulzura era totalmente extracorporal. Le dio una bofetada. Su rostro no cambió de expresión. Cuando él levantó la mirada, dispuesto a matarla, ella se había antepuesto a su final. La daga de plata que había regalado a su pequeña le estaba atravesando.



[Las kinkis también lloran, escriben ñoñadas y se acaban muriendo de pena. Vaya ironía]

viernes 15 de mayo de 2009

Lala de Cape

-Ella. Siempre me hizo gracia que fuéramos tú, yo y Ella. Me gustaba cómo la mirabas. Y como suspirabas cuando sus labios acariciaban la boca de la botella. Sé que te masturbabas pensando en lo que después hacía con la botella.
-Pero yo…
-Te callas. Ella. Pura, hermosa y libre, ¿A quién intenta mentir? Le cabe mi puño, tu polla, aunque esto tampoco tiene mucho merito, y sus miradas. No resalta. Está gorda. No tiene nada de especial. ¿Lo sabes, no? Igual que sabes que su libertad está pagada por Silencio. Silencio espectral sumiso a Recuerdo.
-No me jodas.
-Que te calles. Hablando de calles, éstas son las que recorre buscando un gesto, una caricia, algo que la transforme en la diosa de una cama. Y acaba siendo la esclava de tantas.
-No es verdad.
-Te voy a joder como no te calles. De su sonrisa se alimentaban hasta las ladillas. Hoy permanece oscura en el vacío.
-No es verdad.
-No es verdad, ¿el qué?- Caperucita cargó la pistola y con ésta le besó la sien.
-Yo te he visto sonreír.
-No estamos hablando de mí, estúpido chucho.
-¿De quién si no?
-De Ella. De la culpable de tu paso hacia delante y tus tres hacia atrás. No es el miedo. Son las ganas de que desaparezca el viento entre los dos. Te lo he dicho demasiadas veces, vete. Para llorar en seco, vete. No te des la vuelta ni me esperes. La esperanza ha dicho no.

Caperucita separó el arma, y cerciorándose dio un golpe seco con la culata en la nuca de Lobo para que buscara un rato su conciencia.






-¿A quién coños voy a mentir? Pesan demasiado los intentos.- Lala se comía las lágrimas escondiéndose en su traje de Caperucita. Buscando su luz chiquitita, esa que alumbraba como la más fuerte. Esa que había reventado en la última batalla.

miércoles 25 de febrero de 2009

Alice I



Reía. Se frotaba.Sensual. Divertida. Increíble. Él intentaba levantar su vestidito azul de tul. Era su fantasía sexual, sólo quedaba dominarla.
De camino a su casa, la agarró e intentó poseerla tantas veces, como tantas veces se libró ella. Perenne, se le antojaba difícil, tanto como gustosa.
Llegaron a un callejón oscuro, él enarcó una ceja, pero cuando Ella abrió la puerta de aquel bajo fue entrar al paraíso.
-¿Vives aquí?
No le había hablado, quizá fuera muda, mucho más excitante. Aquel lugar era un pequeño estudio, lleno de cuadros, bocetos a carboncillos y algunos vestidos posados en maniquís humanizados. El suelo de madera tenía algunas alfombras. En el centro una plataforma coronada por una cama enorme.
-No me has dicho aun cómo te llamas.- Necesitaba verificar aquella fantasía con aquella muchacha vestida de Alicia en el país de las maravillas.- ¿No me vas a contestar?- Prosiguió- Eres una chica mala, ¿verdad, Alice?
Ella sonrió, encantada ante el hecho de ser presa. Él la agarró con fuerza, y la mordió en el cuello. Dolor. Ira. Rabia. No musitó. Ni le miró a los ojos, cuando la zarandeó.
-Demasiado dura, habrá que suavizarte.- Ella entreabrió los labios y él puso su índice- Y sin quejas, Ovejita.
Tras unos caprichos inconcluyentes, le pidió un masaje turco, donde ella se explayó con un aceite de un aroma extraño que exparció calzando guantes. Al terminar, él se levantó, y la sobó. Su trato iba a peor, mientras que sus caricias pasaron a ser casi golpes. La pegó contra él, su aliento destilaba odio.
-Desde hoy vas a ser mía. Te has equivocado de príncipe azul, y has topado con tu pesadilla.- Él comenzó a reír divertido, Ella asintió.- ¿Me estás vacilando?
Tras un golpe seco en el cuello con el canto de la mano, la pequeña señorita asintió.
-Desde el primer momento, bienvenido a la última hora de tu vida.-Tras encadenarle a una silla y amordazarle, le dio una bofetada. Otra más. Harta, le dio una patada en el pecho.
-Joder, vamos ya, abre los ojitos, Principito.- Le cogió del mentón y clavó sus uñas en sus mejillas. Él abrió los ojos, y ella carraspeó.- Sí, bien, soy Alice, Li, para los colegas, lástima que no hayamos intimado, ¿Lo de amo te excita? A mí me ha parecido una actuación pésima.- Él se zarandeó, intentando liberarse. Ella le dio una bofetada.
-Nos vamos a llevar bien, hasta que la muerte nos separe.
Sonó el teléfono. Li sonrió. Lo cogió.
-Ey, ¿Qué pasa?- La voz hablaba entre risas- No, no me queda mucho del trabajo.- La voz pareció ofuscarse ante la idea de tener que esperar- En serio, no tardo nada, esperadme en el siguiente local.- La voz pareció volver a excitarse. Li se echó a reír.- Venga va, hasta ahora.
Alice volvió a ponerse los guantes de látex con los que le había dado el masaje.
-Bueno, pues ha llegado el hasta que la muerte nos separe. Rápido, ¿eh? Seguro que igual que tú en la cama. No sé si tendrás noción de lo que llevas por el cuerpo. Cloruro de hidrogeno, capricho de un vampiro. Uhm, tienes cara de ser de letras. Pues bien, bueno, en cuanto te eche agüita, vas a tener ácido clorhídrico, y por si quedaba alguna duda, eso significa mucha pupita.
Él comenzó a zarandearse con más fuerza, sus gritos, y el sudor fruto de la histeria que había ocupado su cuerpo habían minimizado sus pupilas.
Alice se dio la vuelta. Desapareció unos minutos. Él intentaba liberarse inútilmente de las cadenas. Al volver a verla, maldijo el segundo en el que se había encandilado de aquellos ojos marrones.
Alice se acercó corriendo e hizo un ademán de derramar el agua sobre él. Se echó a reír.
-Qué no, ¡que es broma! Era para que aprendieras a entender a las mujeres.- Li vertió completamente el cubo de agua, la corrosión hizo el resto.- Ups, quizá sí estuviera hablando en serio.


Canción del móvil: Crazy Bitch [Buckcherry] http://www.youtube.com/watch?v=BtXHBAnqZCk



Felicidades Thanita.

domingo 15 de febrero de 2009

Caperucita V

Caperucita estaba sentada al lado de la ventana de la instancia donde pululaban los olores de las personas:lo que las mismas fumaban, lsus perfumes y sus sentimientos.
De repente, y mientras volvía a repasar el suelo, recordó que, años atrás, Ella había estado allí, pero con otro acompañante. Maquillada de la misma forma, pero aún sin capa.Le quedaban un par de semanas para obtenerla.
La ruptura de esquemas debe de tener alguna compensación, ¿no? De esa, Caperucita se comió su corazón y obtuvo su capita. Sencillo y frío, como el último adiós que no dijo.
Su acompañante de aquella vez, bebía capuchino hasta las 7.33 de la tarde, cuando se vencía a su amado whiskey, tocaba la guitarra, y además, se enamoraba de otra cellista.
Él la comunicó su amor hacia otra, y ella mintió sobre su estado en aquella temática. Mintió porque la respuesta la asustaba. Admitir sus sentimientos era traicionar a sus ojos negros.
Lala, como su acompañante la llamaba, había arañado sus respuestas desde que él mismo había descubierto su afrenta sentimental.
Caperucita sonrió, nunca más volvió a saber de él directamente, pero siempre siguió soñando que el joven bohemio la hubiera levantado en el aire, y follado en aquel extraño lugar, donde en aquel momento se encontraba, mirando por la ventana, por donde su sonrisa había escapado.
Volvió a mirar a su acompañante y suspiró, repasó el borde del vaso.
¿Dónde había quedado el chocolate? En su dieta se había suprimido. Lalita se había consumido, Caperucita la había sustituido.
Caperucita se trataba de un ser consumido, aferrada a sus miedos y convencida de su incapacidad ante lo no-salvaje. No había nada especial en Ella, y mucho menos para si.
Tenía una rutina perfectamente escrita: Despertar, lavarse la cara, maquillarse [esconder, no dejar ver], cerrar los ojos, suspirar con los labios cosidos, lanzarse sobre la cama fría y dormir, o estar tumbada con los ojos abiertos.
Si no se duerme, mover la silla del escritorio, encadenarse frente a la ventana, pitillo entre los labios resecos y heridos, y apelar a Memoria sobre por qué Romeo se daba la vuelta para despedirse de una Julieta agónica en sus propios orgasmos vírgenes, y de Ella nadie se despedía al abandonarla.
Eso son cosas de enamorados, se dice. Los enamorados tienen una próxima vez apalabrada, Ella es una funambulista sin red. Su final será otro tajo en el alma para que se desangre impune.
Apoyó su cabeza en la mesa, y observó el vaso. Tenía una pequeña fractura. Su vida también estaba fracturada, es más, su vida estaba atrapada en aquel vaso quebrado.
Harta de Silencio, sacó a su animal interno. Éste la desató el pelo e hizo que su acompañante comenzara a sudar desde el momento en el que, Caperucita, comenzó a retocarse el escote, no sin dar toquecitos por debajo de la mesa, inconscientemente.
Fóllame inquirió muda y desaparecieron en el baño.
Tras utilizarle, le abandona, sin despedirse, no quiere provocar que no haya una siguiente vez.




Los sueños son fáciles de joder. Y las reinas de una noche, se quedan en eso, en reinas. Por eso, a veces, Caperucita se siente especial.Ella no es reina, es Emperatriz de dormir sólo en una cama.



Gracias a la Reina Roja por su kabujo...=]

miércoles 11 de febrero de 2009

Caperucita IV

Caperucita tamborileaba con sus dedos sobre sus labios. Después luchaban sus dedos entre ellos, mano contra mano. Estaba completamente distraída. Sus ojos destellaban hielo. Las guitarras abrumaban la estancia desde los altavoces. Se comían a los fantasmas internos y disfrutaban aniquilando a los externos.
Cogió de nuevo la jeringuilla y volvió a darla un par de toquecitos para que el oxígeno se escapase por entre los labios de la aguja.
Se mulló el pelo, y giró sobre si misma. Sus ojos inocentes sostenían el equilibrio entre el pánico de su víctima y el terror de sus sentimientos.
Sonrió mientras negaba con la cabeza, tiró de la cuerda que le sostenía del pie izquierdo y observó como el mismo se amorataba. Se divertía jugando a ser la forense de un cadáver vivo.
Se sentó sobre la cintura de él. Pasó sus dedos por las costillas, el esternón, el cuello, pero se decantó por su órgano vital, donde dibujó un corazón. Su nombre después. Tras esto, decidida, clavó la aguja. El líquido permaneció paralizado sobre la arritmia del nuevo juguete de Caperucita.
Ella pegó su cara contra la mejilla del joven, uniendo sus lágrimas con las de él.
Pánico y Odio en un mismo cocktail.
Le besó la mordaza. La saboreó tanto como para quitarle la camiseta, y palparle. Quiso deshacerle. Saborearle. Mimarle. Comerle. Disfrutarle. Extrajo la aguja. Se estaba pasando. Pobrecillo.
Le desamordazó. Y cuando él le mordió el dedo que Cape había puesto para que no destrozara el silencio del solo de guitarra, Ella no dudo ni un momento en abofetearle.
-No confíes- Decía su abuelita.- No confíes de ningún lobo, todos son humanos de tres patas. ¡Nunca hubo cosa peor! Y tú nunca serás para ellos siempre la cosa más dulce. Desconfía mi niña, ¡desconfía!
Pvta vieja, tenía todos los ases debajo de la manta, en la lengua de su propio lobo.
-¡Suéltame jodida demente!
-Cállate.
Su tono fue desgastado, bajo y como una replica. Estaba toda entusiasmada en si misma y el pvto niño la tuvo que desvelar. Jugó con sus sueños y se introdujo en su vida.
Le clavó la aguja en el labio y vacío mínimamente el contenido. Asqueada y solitaria. Depredadora de sus depredadores. El alarido la volcó en volverle a amordazar. La mordió otra vez. Ella le quitó los pantalones.
-Yo sé que tú quieres que yo te suelte. Sería fácil, cuestión de desatarte, ¿va? Pero párate a pensar como quedaré yo en tu vida. No me vas a querer más…
La enajenación se había corrido en su cerebro de una manera sobrenatural. Se miró los hombros, se giró para observar su capa. Resopló molesta y le acarició la frente.
-¿Por qué nunca me has querido? Joder, es bien fácil, soy simpática, agradable, cariñosa, no muerdo…Y digo cosas bellas, ¿quieres oírlo?
Él empalideció aun más. Su fin llegaría en 73 palabras. Asintió mientras ella seguía jugando con su falo, cada vez más duro.
-Te voy a querer toda mi vida- Susurró Ella mirando al miembro- Toda mi vida te voy a querer, y pese a que no te lo creas, sin ti me voy a joder. Por ti ha llovido en mayo, y en mi vida también.- Se tragó sus lágrimas mientras le palpaba la espalda- Mi niño, mi tesoro.-Sonrió, abrazándole momentáneamente, para después, triunfal, incorporarse con ambas manos en su espalda.- No te voy a mentir ahora, paso de anestesiar a niños que huelen a problemas. Si te da alergia y te mueres antes, se habrá terminado el juego, como ahora.
No le dio tiempo a cerrar los ojos. Caperucita apretó el gatillo antes, está feo perder viejas costumbres.


[Si mueres a un lado del espejo, vives en el otro. Donde te odian, te aman. Donde te aman, te mienten…


…¿Jugamos?]

lunes 9 de febrero de 2009

Caperucita III

Caperucita lleva horas sentada en la esquina de la habitación. Toca las paredes de madera, pero no hace ademán de sentir frío por el suelo marmóreo.
Sus dedos pulsan la madera como si fueran las teclas del piano que no sabe tocar. Después, deja arrastrar sus dedos hasta el suelo, apoya las yemas, sube los dedos por su pierna, su vientre, dibuja unas palabras entre sus senos, se acaricia los labios, se tapa la boca, niega con la cabeza, y se refugia entre sus brazos. Hace un par de gestos que ya no la quedan lágrimas por recordar. Pasa un segundo de la eternidad, y vuelve a repetir el proceso.

Llevo horas sentada en la misma esquina de la misma habitación donde un día me quitaste la ropa. Mala bestia, me follaste.
Me levantaste en el aire, me tumbaste en la cama, y me quitaste los pantalones. Ahueque, no sé como, el vientre, y sentí tus dedos por mis poros quitándome el tanga. Ahora lo siento, lo vivo. Me incorpore, con un jadeo suave en mis labios, te quite la camiseta y te mordí. Mis ojos buscaron los tuyos vivaces mientras te quitaba los pantalones. Te arañe la espalda mientras gemía. Al terminar, toque “Para Elisa” sobre tu espalda. Te reíste, no tenía ni idea de tocar el piano. Deslizaste tu mano por mi pierna, hasta repasarme el contorno de los labios donde había un atisbo de una sonrisa. Te dejé marchar, hasta ahora. 73 horas, 33 minutos, 17 segundos y un pequeño agujero en el tiempo.

Ha dejado que la batería del móvil se descargue y lo ha puesto en vibración, para que, cada 47 minutos exactos, vibre y así tener motivos para emocionarse.
No sé si tiene el cronómetro metido dentro de la capa, pero cada 11 minutos, mira el móvil, rompiendo el círculo vicioso. Ha pasado del enfado, al llanto, la autosuperación, la ira y ahora se echa a reír. Es una risa histérica, le tiemblan las manos y se entrecorta su respiración.
Finalmente, ha dado tres cabezazos y se ha tumbado bocabajo en el suelo, la mirada fija en el borde de la cama. Se ha incorporado y ha gateado hasta donde estaba mirando. Ha frotado su mejilla mientras ronroneaba, para tumbarse, esta vez bocarriba.
Y sucedió. Minuto 13, el teléfono recibía un mensaje. Ha gateado con una sonrisa dulce. Ha dado un par de toques con su zarpa y lo ha movido. Segundos después, el remitente la estaba llamando extrañado. Era su mensaje más bonito del mundo.
Se ha levantado, ha dado un par de saltos, se ha colocado el pelo como si la fueran a ver y con su mejor sonrisa, ha tomado aliento para apagar el móvil y lanzarlo a la cama.



Caperucita nunca espera una llamada, siempre se maquilla y se va a por la siguiente víctima.